CORO POPULAR

Osvaldo Conde

 

Más que nunca la política argentina vive en un tiempo y espacio concreto, en donde se escuchan solo dos voces definidas: La del pueblo y la de Clarín (“gran diario” de una ciudad de perturbados corazones)

La voz lastimera de Clarín, aturde en medios de comunicación y duele en la réplica que consigue entre los ciudadanos crédulos. El pírrico triunfo lo debe a bajezas tales como: la actitud denigrante de Lanata, sanguinaria de M. Solá, funcional de Tenembaum, deslucida de R. Guiñazú, alcahueta de Mirtha Legrand, pendenciera de los informativos TN, Mitre, El 13 y sus 247 repetidoras. Rebuscada de Majul, demodé de La Nación, inútil de La Razón, Desleal de Blank y Van der Kooy, golpista de Grondona, inconsistente de Nelson Castro, gatopardista de Perfil, elemental de Bonelli. Servil, de todos los nombrados y decenas más.

Coro del Bicentenario, nos debe la próxima canción

La Otra Voz

La otra voz, la popular, solo canta. No le hace falta inflexión ni “falsetes”. Mucho menos, la genuflexión de los nombrados arriba: El Pueblo canta sobre lealtad y le rompe los tímpanos a los de oídos desleales. Canta con elocuentes silencios y, enmudece a los contradictorios parlanchines, que nada saben de armonía.

Por preservar la propia salud de las vías respiratorias, el coro popular no le canta a los violentos, delirantes, analfabetas políticos, pitucos-pop, gatopardistas, fariseos e intolerantes. Pues ninguno de ellos tiene posibilidad de interpretar, mucho menos de disfrutar de la poesía del humilde: nada saben los pedantes de hambrunas o de miserias.

Jamás entenderán los embobados por “las primeras voces”, que los prisioneros cantan solo cuando la puerta de la celda está abierta, los enfermos cuando el alta está firmada, las víctimas del hambre cuando la mesa está bien puesta. Los perseguidos cuando, al voltear, no ven sombra alguna

El Coro Popular, en cambio, logra que los prisioneros aún encerrados sepan de la inminencia de su libertad. Que pacientes todavía en terapia experimenten el principio de su sanidad. Últimos que, rezagados, perciben que les esperan los primeros puestos. Perseguidos huyendo y, a la vez, preparando el giro para la huida final.

Esto es lo que no ven, a primera vista, los perturbados por el infeccioso marketing informativo; pero apenas lo advierten se les originan rencores que le arrancan lágrimas de odio, envidia. Celos que les nublan la vista, luego les falta el aire, más tarde el alma. Es allí cuando su canto apesta.

Mientras tanto, la otra voz: la nuestra, va por una nueva canción. Su letra agrega desafío a la alegría de la primera. Pues entona el fraseo genuino, merecido, esperanzado. Dice, por ejemplo, que no “pasará más inviernos”, ni se resignará al “valle de lágrimas”, ni adquirirá pasividad disfrazada de paciencia, ni acatará la ley natural y divina que los somete a la miseria hasta el día de su muerte. La balada, sigue diciendo que el pueblo ya no cree en la pobreza inducida cuyos inductores, no casualmente, son muchos de los que ahora distorsionan sus voces en el coro que dirige el sordo Magnetto y que, pretende darle sonidos misericordiosos o compasivos.

En el estribillo los pobres repiten: “el sacrificio para ganarse el cielo es la mentira del dios neoliberal y de su profeta, la prensa miserable”

Ya no creen los pobres que el camino libertario pase por la eficiencia del individualismo, del capitalismo siempre salvaje. Ahora, mientras cantan recuerdan que, ayer nomás, crearon cooperativas, sindicatos, escuelas. Infraestructuras sanitarias, habitacionales. No pueden,  no quieren dejar de cantar. Falta algo, que al son de la nueva canción reconstruya y vuelva a construir sus instituciones, entidades, cooperativas, empresas chicas, medianas, grandes… Su industria turística, gastronómica, artística, futbolera, graciosa. Será el punto donde los pulmones de los humildes tronarán como una salva de cañones que pulula un interminable “Viva la Patria”