Dichos de grandes autores, envilecidos por pequeños políticos.

¿Y entonces, cumpa, cuál es la fuente de la angustia?, la que menciona Ray Williams “el sentimiento de pérdida de un futuro”

El optimismo superficial, el de Cambiemos, está sembrado de minúsculos gestos audiovisuales que son como ínfimas y punzantes partículas de vidrio.

A “la alegría pro”, el gran Erik Erikson, lo llamaría “un sentimiento desadaptativo” como el del bebe que no reconoce sus límites.

El militante pro, está encadenado a su jovialidad, como el esclavo a su remo.

Mark Tapley, personaje de Dickens en “Martin Chuzzlewit”, busca situaciones terribles para demostrar el precio que paga x su buen humor (pura filosofía duranbarbista)

La “revolución de la alegría” es estrictamente conservadora, porque su fe en un futuro halagüeño, reside en su acumulación material de un presente explotador

Nietzche, en “Shopenhauer como educador”, confirma dos tipos de alegría: “La que produce sortear la confrontación trágica” y la de “la ceguera ante lo irreparable”

¿Qué valor tiene la risa sobradora de quien –con esa imagen- es incapaz de mirar a los ojos al enemigo? ¿Eh Bonadío?

La verdadera alegría, repite Nietzche, es ardua y exigente; implica coraje. En Ecce Homo lo dice así: “ser jovial entre verdades, todas ellas duras”

Dickens, utiliza al falluto personaje Micawber, en “David Coperfield”, para mostrarnos que quienes abusan, degradan, traicionan y estafan; creen en una rara alegría, la “del algo pasará”.

Son muchos los que creen ingenuamente en los cambios, jamás reflexionaron en que Hiroshima fue una novedad, las armas químicas otra y, la perfección tecnológica de la vigilancia global: una más.

La xenofobia macrista es afín a los dichos de Steven Pinker, en “Los ángeles que llevamos adentro”: “55 millones de muertos en la 2ª guerra, considerados a la proporción de la humanidad total, solo entró x poco en las 10 mayores catástrofes de todos los tiempos”